En Inglaterra de principios del siglo XIX, las ciencias naturales gozaban de gran popularidad: no había casa noble o burguesa que no tuviera un acuario, colecciones de mariposas o de caracoles y helechos disecados.
Charles Darwin creció en medio de esa obsesión nacional: desde chico juntó piedras, insectos y huevos de pájaro. Hijo de un médico, inició estudios de medicina en Edimburgo y de teología en Cambridge, pero no finalizó ninguno de los dos. Pero se había destacado en los cursos de ciencias, en especial en los de zoología y geología, por lo que a los 26 años recibió el ofrecimiento de embarcarse como naturalista en el viaje de exploración alrededor del mundo en el velero Beagle. La misión oficial del capitán del barco, Robert Fitz Roy, era encontrar pruebas para la interpretación bíblica de la creación, por lo que éste eligió a Darwin debido a su formación religiosa.
Ese viaje de cinco años, entre 1831 y 1836, cambió la historia personal de Darwin así como la de la biología. El joven naturalista regresó con cajas repletas de especies vegetales y animales, encontró el mejor fósil conocido de megaterio (un perezoso sudamericano extinguido, del tamaño de un elefante), descubrió una nueva especie de delfín, realizó investigaciones geológicas en los Andes y hasta elaboró una teoría sobre la formación de los atolones de corales. Entre sus minuciosas descripciones, habló de la belleza de las mujeres y la venalidad de los hombres de Buenos Aires.
Uno de los hechos que constató fue que en las islas Galápagos había pinzones y tortugas claramente distintos a los del continente sudamericano, y aun diferentes de una isla a otra. Observó que los picos de esos pájaros estaban “adaptados” a los alimentos que encontraban en las islas: donde predominaban los frutos con cáscara dura, los pinzones tenían picos cortos y fuertes, mientras que en las islas con frutos blandos, estas aves tenían picos largos y finos. Dedujo de esas constataciones que las especies que agrupan a los seres vivos cambian y que lo hacen en formas que los convierten en mejor adaptados a los ambientes que habitan.
Charles Darwin creció en medio de esa obsesión nacional: desde chico juntó piedras, insectos y huevos de pájaro. Hijo de un médico, inició estudios de medicina en Edimburgo y de teología en Cambridge, pero no finalizó ninguno de los dos. Pero se había destacado en los cursos de ciencias, en especial en los de zoología y geología, por lo que a los 26 años recibió el ofrecimiento de embarcarse como naturalista en el viaje de exploración alrededor del mundo en el velero Beagle. La misión oficial del capitán del barco, Robert Fitz Roy, era encontrar pruebas para la interpretación bíblica de la creación, por lo que éste eligió a Darwin debido a su formación religiosa.
Ese viaje de cinco años, entre 1831 y 1836, cambió la historia personal de Darwin así como la de la biología. El joven naturalista regresó con cajas repletas de especies vegetales y animales, encontró el mejor fósil conocido de megaterio (un perezoso sudamericano extinguido, del tamaño de un elefante), descubrió una nueva especie de delfín, realizó investigaciones geológicas en los Andes y hasta elaboró una teoría sobre la formación de los atolones de corales. Entre sus minuciosas descripciones, habló de la belleza de las mujeres y la venalidad de los hombres de Buenos Aires.
Uno de los hechos que constató fue que en las islas Galápagos había pinzones y tortugas claramente distintos a los del continente sudamericano, y aun diferentes de una isla a otra. Observó que los picos de esos pájaros estaban “adaptados” a los alimentos que encontraban en las islas: donde predominaban los frutos con cáscara dura, los pinzones tenían picos cortos y fuertes, mientras que en las islas con frutos blandos, estas aves tenían picos largos y finos. Dedujo de esas constataciones que las especies que agrupan a los seres vivos cambian y que lo hacen en formas que los convierten en mejor adaptados a los ambientes que habitan.
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